KrazyPlanet
October 27th, 2004, 04:49 PM
Extraido del ABC:
Por ANTONIO PÉREZ YUSTE PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID/
Las grandes metrópolis del mundo, como las grandes cordilleras, acostumbran a tener su propia silueta. A vista de pájaro, un viajero ilustrado sería capaz de reconocer una ciudad sólo por el perfil que dibujan sus rascacielos sobre la línea del horizonte. Es lo que los norteamericanos han dado en llamar la «skyline», o «línea del cielo», traducido literalmente.
La «skyline», la silueta, pone rostro propio a las ciudades, les da personalidad; evoca sentimientos en quien las observa, como si de un ser humano se tratara. Así, unas ciudades se nos muestran fascinantes, bellas; mientras otras, en cambio, se nos aparecen indiferentes, mediocres.
Pero la silueta, de nuevo como el ser humano, marca con su línea quebrada el paso del tiempo, el cambio de las costumbres.
Comparemos sino, entre sí, la silueta del Madrid, capital europea, dibujada por la Torre Picasso y la Puerta de Europa, con el Madrid de la transición democrática, dibujada por las Torres de Colón y el Edificio Windsor; y éste, a su vez, con el Madrid de los tecnócratas del general Franco, dibujada por el Edificio de España o la Torre de Madrid. Cada momento tiene su propia silueta y cada silueta es el resultado de todos los momentos anteriores.
La silueta moderna de Madrid empezó a dibujarse en 1929, hace ahora 75 años, cuando se inauguró el primer rascacielos de la ciudad: la Torre de la Telefónica. El edificio se utilizó como sede corporativa de la Compañía Telefónica Nacional de España, función que continua desempeñando en la actualidad para Telefónica, sucesora en el tiempo de aquella otra compañía.
La ubicación elegida para levantar el rascacielos fue una parcela de 2.280 metros cuadrados, situada en el lugar que forma la confluencia de las calles de Valverde y Fuencarral con la avenida de Pi y Margall, ahora Gran Vía.
Los planos del edificio fueron obra del arquitecto español Ignacio de Cárdenas y Pastor, arquitecto jefe de la Telefónica, si bien José Ayats Surribas, vocal de la Asamblea Nacional, llegó a declarar públicamente que el autor material de los mismos había sido, en realidad, Louis S. Weeks, un arquitecto norteamericano al servicio de la ITT, por cuyo trabajo percibió la nada despreciable cantidad de cuarenta mil dólares. Respecto a este pago se suscitó, a la sazón, cierta discusión acerca de si tales honorarios debían estar sujetos al pago de utilidades en España, por no ser quien los percibía ciudadano español.
La Torre de la Telefónica, con sus 89 metros de altura, se convirtió en el edificio más alto de Madrid, honor que le cupo mantener hasta la construcción del Edificio de España en 1953; la estructura fue realizada en acero, aspecto éste que también resultó innovador en aquel momento; y en cuanto a la estética, el edificio se construyó siguiendo la tradición barroca española destacando, sobre todo el conjunto, la torre superior flanqueada por pináculos -en cuya cara anterior se encuentra esculpido en piedra el escudo de España, de ocho metros de altura- y el pórtico de acceso situado en la fachada principal, exquisitamente rematado con un balcón en la primera planta.
A pesar de haber sido rebasada en altura por otros rascacielos, la Torre de la Telefónica continúa ocupando, 75 años después de su construcción, un lugar primordial en la silueta moderna de la metrópoli madrileña recordándonos, con su presencia, el Madrid del alcalde Aristizábal, de la generación del 27 y del primer gran desarrollo urbano y demográfico de la ciudad.
Por ANTONIO PÉREZ YUSTE PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID/
Las grandes metrópolis del mundo, como las grandes cordilleras, acostumbran a tener su propia silueta. A vista de pájaro, un viajero ilustrado sería capaz de reconocer una ciudad sólo por el perfil que dibujan sus rascacielos sobre la línea del horizonte. Es lo que los norteamericanos han dado en llamar la «skyline», o «línea del cielo», traducido literalmente.
La «skyline», la silueta, pone rostro propio a las ciudades, les da personalidad; evoca sentimientos en quien las observa, como si de un ser humano se tratara. Así, unas ciudades se nos muestran fascinantes, bellas; mientras otras, en cambio, se nos aparecen indiferentes, mediocres.
Pero la silueta, de nuevo como el ser humano, marca con su línea quebrada el paso del tiempo, el cambio de las costumbres.
Comparemos sino, entre sí, la silueta del Madrid, capital europea, dibujada por la Torre Picasso y la Puerta de Europa, con el Madrid de la transición democrática, dibujada por las Torres de Colón y el Edificio Windsor; y éste, a su vez, con el Madrid de los tecnócratas del general Franco, dibujada por el Edificio de España o la Torre de Madrid. Cada momento tiene su propia silueta y cada silueta es el resultado de todos los momentos anteriores.
La silueta moderna de Madrid empezó a dibujarse en 1929, hace ahora 75 años, cuando se inauguró el primer rascacielos de la ciudad: la Torre de la Telefónica. El edificio se utilizó como sede corporativa de la Compañía Telefónica Nacional de España, función que continua desempeñando en la actualidad para Telefónica, sucesora en el tiempo de aquella otra compañía.
La ubicación elegida para levantar el rascacielos fue una parcela de 2.280 metros cuadrados, situada en el lugar que forma la confluencia de las calles de Valverde y Fuencarral con la avenida de Pi y Margall, ahora Gran Vía.
Los planos del edificio fueron obra del arquitecto español Ignacio de Cárdenas y Pastor, arquitecto jefe de la Telefónica, si bien José Ayats Surribas, vocal de la Asamblea Nacional, llegó a declarar públicamente que el autor material de los mismos había sido, en realidad, Louis S. Weeks, un arquitecto norteamericano al servicio de la ITT, por cuyo trabajo percibió la nada despreciable cantidad de cuarenta mil dólares. Respecto a este pago se suscitó, a la sazón, cierta discusión acerca de si tales honorarios debían estar sujetos al pago de utilidades en España, por no ser quien los percibía ciudadano español.
La Torre de la Telefónica, con sus 89 metros de altura, se convirtió en el edificio más alto de Madrid, honor que le cupo mantener hasta la construcción del Edificio de España en 1953; la estructura fue realizada en acero, aspecto éste que también resultó innovador en aquel momento; y en cuanto a la estética, el edificio se construyó siguiendo la tradición barroca española destacando, sobre todo el conjunto, la torre superior flanqueada por pináculos -en cuya cara anterior se encuentra esculpido en piedra el escudo de España, de ocho metros de altura- y el pórtico de acceso situado en la fachada principal, exquisitamente rematado con un balcón en la primera planta.
A pesar de haber sido rebasada en altura por otros rascacielos, la Torre de la Telefónica continúa ocupando, 75 años después de su construcción, un lugar primordial en la silueta moderna de la metrópoli madrileña recordándonos, con su presencia, el Madrid del alcalde Aristizábal, de la generación del 27 y del primer gran desarrollo urbano y demográfico de la ciudad.