SIVAR74
April 28th, 2007, 07:08 AM
http://www.laprensagrafica.com/eleconomista/755697.asp
Managua el leve peso de la violencia
Si solo se toman en cuenta las estadísticas de homicidios, Managua es una de las ciudades menos violentas del istmo. Nicaragua entera alcanzó en 2005 una tasa de homicidios de apenas 10 por cada 100,000 habitantes. Muy lejos de las de Honduras, El Salvador y Guatemala que se situaron en las antípodas.
El constante desfile de vendedores del mercado Oriental de Managua disimula apenas a un par de hombres que ataviados como pandilleros caminan entre los puestos de venta.
Las personas los miran de reojo. Como con recelo. Ellos, con andar pausado, enfundados en sus pantalones raídos y amplios y sus camisetas blancas, caminan sin detenerse y se pierden de nuevo entre la multitud.
Aunque menos expandido que en los países del norte (México, Guatemala, El Salvador y Honduras) el fenómeno de las pandillas también golpea a Nicaragua y principalmente a su capital.
Según diversos estudios, en noviembre de 2005, las pandillas que operaban en la capital ascendían ya a 34, compuestas por 706 integrantes.
Pero aunque en vestimenta y gestos recuerdan a sus pares de los países vecinos, las diferencias entre unos y otros parecen ser más marcadas que sus similitudes.
La diferencia, acaso, más visible consiste en que las pandillas nicas no se han conglomerado en las dos grandes “corporaciones” transnacionales existentes. Las “clicas” aquí llevan aún nombres tan pintorescos como Los Rampleros, Los Caucheros, Los Puenteros o Los Power Rangers.
La diferencia más grande, es sin embargo, su menor nivel de violencia.
A guisa de ejemplo: según un estudio llamado “Mareros y pandilleros: ¿nuevos insurgentes, criminales?”, la Policía de Nicaragua reconoció en 2003 que las pandillas cometieron apenas el 0.51% de los delitos cometidos en en ese año.
El sociólogo e investigador de la Universidad Centroamericana (UCA) de Nicaragua, José Luis Rocha, califica así a las pandillas locales: “Aquí no existen maras. Lo que existen son pandillas por cada calle o cada dos calles. Controlan un territorio y adquieren identidad por esa base territorial. Pero persisten los grupos fragmentarios, las pequeñas pandillas, menos permeables al influjo norteamericano”.
Para Rocha, el que estas pandillas no hayan sido absorbidas —como ocurrió en el resto de Centroamérica— por las dos grandes denominaciones de maras existentes en la actualidad se debe en cierto sentido a las diferencias en los patrones migratorios de los nicaragüenses.
A diferencia de los países vecinos, cuyos habitantes emigran hacia Estados Unidos y principalmente hacia la zona de Los Ángeles, las personas que salen de Nicaragua tienen como destino principal Costa Rica.
Se estima que un aproximado de 500,000 nicaragüenses viven del otro lado de su frontera sur.
Más aún, cuando los nicaragüenses emigran hacia Estados Unidos, lo hacen mayoritariamente hacia la Florida y no tanto a California.
Lo anterior es importante, considera Rocha, puesto que puso a un menor número de nicas en contacto con los orígenes directos de las maras.
“En algún momento el origen de estas maras tuvo un nexo con las migraciones y las deportaciones. Ese patrón no se ha dado en el país. Primero porque los nicaragüenses migramos más a Costa Rica que a Estados Unidos, pero también porque para que haya ese nexo se necesita no solo un viaje de ida sino que de regreso. Y los nicas, en general, han sido menos afectados por las deportaciones”, explica.
Las pandillas, sin embargo, no son el único fenómeno que se vive con menor intensidad en Nicaragua. La violencia, en general, adquiere dimensiones mucho menos importantes que en sus vecinos del norte.
Durante un mes se buscó a algún representante de la Policía Nacional de Nicaragua para abordar el tema y conseguir información estadística reciente, pero el subcomisionado César Cuadra, de la unidad de Relaciones Públicas, siempre se excusó.
Sin embargo, los datos recabados por el Observatorio Centroamericano sobre Violencia (OCAVI) dan una idea de esa violencia menos generalizada.
Los indicadores regionales del referido organismo muestran que la tasa de homicidios de Nicaragua para el año 2005 —10 por cada 100,000 habitantes— fue inferior a la del resto de los países de la región. Incluso que la de Costa Rica que alcanzó una tasa de 21 por cada 100,000 habitantes. Su tasa no tiene ni comparación, por supuesto, con las de Honduras y El Salvador, que con tasas de 78 y 63 fueron los países más violentos del área.
Si se toma solo dicho indicador, el hecho de poseer una tasa tan baja convirtió a Nicaragua en el país menos violento del istmo.
Rocha cree que el que la violencia tenga un peso tan pequeño en Nicaragua se debe a varios factores, de los que destaca un mejor proceso de democratización luego de las guerras que azotaron a la región en los ochenta y una menor cantidad de armas disponibles entre los civiles.
Según el estudio “El impacto del mal uso de las armas pequeñas en Centroamérica” realizado por William Godnick, Robert Muggah y Camilla Waszink, en 2000 existían en Nicaragua 52,390 armas legales. Muy por debajo de las 147,581 de Guatemala y las 170,000 de El Salvador.
“Esa es la parte mesurable. Pero no es la única. También tiene que ver con cómo se maneja la sociedad, cómo se administran los conflictos dentro de ella. Si la violencia institucionalizada que es el Estado, continúa siendo vista como una y única vía para administrar los conflictos dentro de una sociedad, eso se disemina y entonces ya no es solo el aparato estatal el que comulga con esa visión, sino muchos otros sectores”, sentencia.
La ciudad sin centro
El centro de Managua —si hay algo que se puede llamar centro en esa ciudad— es, excepción hecha de la nueva casa presidencial, un puñado de edificaciones antiguas o dañadas: el palacio nacional, la antigua catedral y la plaza de la República. Un par de kilómetros al norte, el lago de Managua. Y entre uno y otro punto, la nada. Solo las cicatrices aquí y allá de un pasado que se cuela en el presente: estructuras de edificios que, a pesar de haber quedado permanentemente dañadas por el terremoto de 1972, nunca fueron derribadas y que, con el paso del tiempo, fueron ocupadas por pobladores sin techo.
La destrucción del centro no fue la única herencia del terremoto al urbanismo de Managua. Al verse privada de un punto de referencia central, la ciudad creció desordenadamente y se atomizó en polos urbanísticos dispersos.
Y la dispersión vino caminando, además, de la mano con una densidad poblacional demasiado baja. Así, una población pequeña se expandió a sus anchas en un terreno demasiado grande.
Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de Nicaragua (INEC) señalan que actualmente existen 937,489 habitantes en una ciudad de 367.17 kilómetros cuadrados.
De hecho, la densidad de Managua (2.5 habitantes por kilómetro cuadrado) es la más baja de Centroamérica.
Ambos factores, la dispersión y la baja densidad, representan un grave problema para el sector de la construcción.
“Managua es una ciudad atomizada en diferentes barrios, centros poblacionales. En extensión es bien grande y la densidad de población es muy pequeña. Eso dificulta la dotación efectiva de servicios para todo el mundo porque los hace más caros. No es lo mismo tener concentrada la población como debe ser una ciudad organizada que una ciudad como Managua donde te cuesta mucho llevar los servicios. Eso es un serio problema. Así que la alcaldía tiene que pensar en densificar la población de Managua porque es inviable seguir creciendo en esta forma desordenada”, señala Roberto Lacayo, presidente de la Cámara Nicaragüense de la Construcción.
Pero a pesar de esa necesidad de densificar la ciudad, las perspectivas no son las mejores. Lejos de eso, en la capital existe otro problema igual de grave que es el déficit de viviendas.
Según las estadísticas del INEC, en Managua existiría una falta de más de 24,000 viviendas. Lacayo, sin embargo, se atreve a asegurar que dicha cifra es más alta.
El presidente de la cámara dice que debería crearse programas, incluso de subvención para ayudar a los empleados a adquirir sus viviendas. “El gran problema aquí es que antes de tener una vivienda se debe tener un empleo, porque si no se tiene muy difícilmente puede mantener una vivienda. Las necesidades se suplen por etapas, y en la medida en que nuestra situación económica mejore, el Gobierno emprenda algunos subsidios para que empleados puedan pagar las primas, se podrá mejorar este problema”, concluye.
Un país que se vuelve apetecible
A principios de los noventa, cuando Nicaragua comenzaba a salir de la larga pesadilla de la guerra, la Inversión Extranjera Directa (IED) era mínima: concentrada en el sector minero, energético y de pesca, la inversión apenas rondaba los $40 millones. La seguridad jurídica y pública eran tan bajas que el país se antojaba un destino poco apetecible.
En menos de nueve años, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar. En 1999, Nicaragua alcanzó la que hasta hoy es su cifra récord en atracción de IED. Ese año, el país recibió $300 millones.
Desde entonces, la cara de Nicaragua ha ido cambiando ante los ojos de los inversionistas. Las cifras preliminares del Banco Central indican que solo en 2006, el país atrajo una inversión total que ronda los $282.3 millones. Es decir, $41,000,000 más que en 2005.
Manuel Aguilar Méndez, jefe del departamento de Programación Externa del Banco Central de Nicaragua, asegura que esa atracción que genera el país más pobre de Centroamérica se debe a varios factores.
Aguilar menciona la estabilidad macroeconómica —lograda a partir de la eliminación de los sistemas de cambio múltiple, la renegociación de la deuda, las reformas estructurales y la inversión pública encaminada a mejorar la infraestructura económica—, la flexibilidad del mercado laboral y el hecho de que tengan una mano de obra barata.
El reto está ahora en atraer inversión que genere empleos de más alta calidad. “Se está tratando que se incorporen en estos regímenes más industrias con mayor valor agregado, que incorporen mano de obra más calificada que pueda absorber los procesos tecnológicos de más alta productividad”, señala.
Mientras eso llega, la inversión que está llegando a Nicaragua logra al menos paliar la demanda de empleo. Solo el año pasado, el régimen de zonas francas generó 60,000 empleos.
ACA ESTA EL THREAD PADRE DE ESTE..>SI QUIEREN SABER LO QUE SE DICE DE LAS DEMAS CIUDADES DE CENTROAMERICA....
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?p=12885169#post12885169
Managua el leve peso de la violencia
Si solo se toman en cuenta las estadísticas de homicidios, Managua es una de las ciudades menos violentas del istmo. Nicaragua entera alcanzó en 2005 una tasa de homicidios de apenas 10 por cada 100,000 habitantes. Muy lejos de las de Honduras, El Salvador y Guatemala que se situaron en las antípodas.
El constante desfile de vendedores del mercado Oriental de Managua disimula apenas a un par de hombres que ataviados como pandilleros caminan entre los puestos de venta.
Las personas los miran de reojo. Como con recelo. Ellos, con andar pausado, enfundados en sus pantalones raídos y amplios y sus camisetas blancas, caminan sin detenerse y se pierden de nuevo entre la multitud.
Aunque menos expandido que en los países del norte (México, Guatemala, El Salvador y Honduras) el fenómeno de las pandillas también golpea a Nicaragua y principalmente a su capital.
Según diversos estudios, en noviembre de 2005, las pandillas que operaban en la capital ascendían ya a 34, compuestas por 706 integrantes.
Pero aunque en vestimenta y gestos recuerdan a sus pares de los países vecinos, las diferencias entre unos y otros parecen ser más marcadas que sus similitudes.
La diferencia, acaso, más visible consiste en que las pandillas nicas no se han conglomerado en las dos grandes “corporaciones” transnacionales existentes. Las “clicas” aquí llevan aún nombres tan pintorescos como Los Rampleros, Los Caucheros, Los Puenteros o Los Power Rangers.
La diferencia más grande, es sin embargo, su menor nivel de violencia.
A guisa de ejemplo: según un estudio llamado “Mareros y pandilleros: ¿nuevos insurgentes, criminales?”, la Policía de Nicaragua reconoció en 2003 que las pandillas cometieron apenas el 0.51% de los delitos cometidos en en ese año.
El sociólogo e investigador de la Universidad Centroamericana (UCA) de Nicaragua, José Luis Rocha, califica así a las pandillas locales: “Aquí no existen maras. Lo que existen son pandillas por cada calle o cada dos calles. Controlan un territorio y adquieren identidad por esa base territorial. Pero persisten los grupos fragmentarios, las pequeñas pandillas, menos permeables al influjo norteamericano”.
Para Rocha, el que estas pandillas no hayan sido absorbidas —como ocurrió en el resto de Centroamérica— por las dos grandes denominaciones de maras existentes en la actualidad se debe en cierto sentido a las diferencias en los patrones migratorios de los nicaragüenses.
A diferencia de los países vecinos, cuyos habitantes emigran hacia Estados Unidos y principalmente hacia la zona de Los Ángeles, las personas que salen de Nicaragua tienen como destino principal Costa Rica.
Se estima que un aproximado de 500,000 nicaragüenses viven del otro lado de su frontera sur.
Más aún, cuando los nicaragüenses emigran hacia Estados Unidos, lo hacen mayoritariamente hacia la Florida y no tanto a California.
Lo anterior es importante, considera Rocha, puesto que puso a un menor número de nicas en contacto con los orígenes directos de las maras.
“En algún momento el origen de estas maras tuvo un nexo con las migraciones y las deportaciones. Ese patrón no se ha dado en el país. Primero porque los nicaragüenses migramos más a Costa Rica que a Estados Unidos, pero también porque para que haya ese nexo se necesita no solo un viaje de ida sino que de regreso. Y los nicas, en general, han sido menos afectados por las deportaciones”, explica.
Las pandillas, sin embargo, no son el único fenómeno que se vive con menor intensidad en Nicaragua. La violencia, en general, adquiere dimensiones mucho menos importantes que en sus vecinos del norte.
Durante un mes se buscó a algún representante de la Policía Nacional de Nicaragua para abordar el tema y conseguir información estadística reciente, pero el subcomisionado César Cuadra, de la unidad de Relaciones Públicas, siempre se excusó.
Sin embargo, los datos recabados por el Observatorio Centroamericano sobre Violencia (OCAVI) dan una idea de esa violencia menos generalizada.
Los indicadores regionales del referido organismo muestran que la tasa de homicidios de Nicaragua para el año 2005 —10 por cada 100,000 habitantes— fue inferior a la del resto de los países de la región. Incluso que la de Costa Rica que alcanzó una tasa de 21 por cada 100,000 habitantes. Su tasa no tiene ni comparación, por supuesto, con las de Honduras y El Salvador, que con tasas de 78 y 63 fueron los países más violentos del área.
Si se toma solo dicho indicador, el hecho de poseer una tasa tan baja convirtió a Nicaragua en el país menos violento del istmo.
Rocha cree que el que la violencia tenga un peso tan pequeño en Nicaragua se debe a varios factores, de los que destaca un mejor proceso de democratización luego de las guerras que azotaron a la región en los ochenta y una menor cantidad de armas disponibles entre los civiles.
Según el estudio “El impacto del mal uso de las armas pequeñas en Centroamérica” realizado por William Godnick, Robert Muggah y Camilla Waszink, en 2000 existían en Nicaragua 52,390 armas legales. Muy por debajo de las 147,581 de Guatemala y las 170,000 de El Salvador.
“Esa es la parte mesurable. Pero no es la única. También tiene que ver con cómo se maneja la sociedad, cómo se administran los conflictos dentro de ella. Si la violencia institucionalizada que es el Estado, continúa siendo vista como una y única vía para administrar los conflictos dentro de una sociedad, eso se disemina y entonces ya no es solo el aparato estatal el que comulga con esa visión, sino muchos otros sectores”, sentencia.
La ciudad sin centro
El centro de Managua —si hay algo que se puede llamar centro en esa ciudad— es, excepción hecha de la nueva casa presidencial, un puñado de edificaciones antiguas o dañadas: el palacio nacional, la antigua catedral y la plaza de la República. Un par de kilómetros al norte, el lago de Managua. Y entre uno y otro punto, la nada. Solo las cicatrices aquí y allá de un pasado que se cuela en el presente: estructuras de edificios que, a pesar de haber quedado permanentemente dañadas por el terremoto de 1972, nunca fueron derribadas y que, con el paso del tiempo, fueron ocupadas por pobladores sin techo.
La destrucción del centro no fue la única herencia del terremoto al urbanismo de Managua. Al verse privada de un punto de referencia central, la ciudad creció desordenadamente y se atomizó en polos urbanísticos dispersos.
Y la dispersión vino caminando, además, de la mano con una densidad poblacional demasiado baja. Así, una población pequeña se expandió a sus anchas en un terreno demasiado grande.
Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de Nicaragua (INEC) señalan que actualmente existen 937,489 habitantes en una ciudad de 367.17 kilómetros cuadrados.
De hecho, la densidad de Managua (2.5 habitantes por kilómetro cuadrado) es la más baja de Centroamérica.
Ambos factores, la dispersión y la baja densidad, representan un grave problema para el sector de la construcción.
“Managua es una ciudad atomizada en diferentes barrios, centros poblacionales. En extensión es bien grande y la densidad de población es muy pequeña. Eso dificulta la dotación efectiva de servicios para todo el mundo porque los hace más caros. No es lo mismo tener concentrada la población como debe ser una ciudad organizada que una ciudad como Managua donde te cuesta mucho llevar los servicios. Eso es un serio problema. Así que la alcaldía tiene que pensar en densificar la población de Managua porque es inviable seguir creciendo en esta forma desordenada”, señala Roberto Lacayo, presidente de la Cámara Nicaragüense de la Construcción.
Pero a pesar de esa necesidad de densificar la ciudad, las perspectivas no son las mejores. Lejos de eso, en la capital existe otro problema igual de grave que es el déficit de viviendas.
Según las estadísticas del INEC, en Managua existiría una falta de más de 24,000 viviendas. Lacayo, sin embargo, se atreve a asegurar que dicha cifra es más alta.
El presidente de la cámara dice que debería crearse programas, incluso de subvención para ayudar a los empleados a adquirir sus viviendas. “El gran problema aquí es que antes de tener una vivienda se debe tener un empleo, porque si no se tiene muy difícilmente puede mantener una vivienda. Las necesidades se suplen por etapas, y en la medida en que nuestra situación económica mejore, el Gobierno emprenda algunos subsidios para que empleados puedan pagar las primas, se podrá mejorar este problema”, concluye.
Un país que se vuelve apetecible
A principios de los noventa, cuando Nicaragua comenzaba a salir de la larga pesadilla de la guerra, la Inversión Extranjera Directa (IED) era mínima: concentrada en el sector minero, energético y de pesca, la inversión apenas rondaba los $40 millones. La seguridad jurídica y pública eran tan bajas que el país se antojaba un destino poco apetecible.
En menos de nueve años, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar. En 1999, Nicaragua alcanzó la que hasta hoy es su cifra récord en atracción de IED. Ese año, el país recibió $300 millones.
Desde entonces, la cara de Nicaragua ha ido cambiando ante los ojos de los inversionistas. Las cifras preliminares del Banco Central indican que solo en 2006, el país atrajo una inversión total que ronda los $282.3 millones. Es decir, $41,000,000 más que en 2005.
Manuel Aguilar Méndez, jefe del departamento de Programación Externa del Banco Central de Nicaragua, asegura que esa atracción que genera el país más pobre de Centroamérica se debe a varios factores.
Aguilar menciona la estabilidad macroeconómica —lograda a partir de la eliminación de los sistemas de cambio múltiple, la renegociación de la deuda, las reformas estructurales y la inversión pública encaminada a mejorar la infraestructura económica—, la flexibilidad del mercado laboral y el hecho de que tengan una mano de obra barata.
El reto está ahora en atraer inversión que genere empleos de más alta calidad. “Se está tratando que se incorporen en estos regímenes más industrias con mayor valor agregado, que incorporen mano de obra más calificada que pueda absorber los procesos tecnológicos de más alta productividad”, señala.
Mientras eso llega, la inversión que está llegando a Nicaragua logra al menos paliar la demanda de empleo. Solo el año pasado, el régimen de zonas francas generó 60,000 empleos.
ACA ESTA EL THREAD PADRE DE ESTE..>SI QUIEREN SABER LO QUE SE DICE DE LAS DEMAS CIUDADES DE CENTROAMERICA....
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