ChoKe
August 29th, 2007, 10:19 PM
"El director de Revista Motor, José Clopatofsky, argumenta por qué se debe apoyar un proyecto de ley que busca aumentar los actuales límites de velocidad que actualmente rigen al país."
Fecha: 29 de agosto de 2007
Revista Motor 451
Editorial 451 / Hay que subir los límites de velocidad en las carreteras nacionales
El senador Miguel Pinedo Vidal está sacando adelante un fundamental y lógico proyecto de ley para elevar los límites de velocidad en calles y carreteras del país. Por supuesto que, en la medida en que ha recibido un explicable y masivo apoyo nacional,
tampoco le han faltado reclamos de personas que consideran que esta medida va a promover la accidentalidad en el país.
Entre los críticos está, por naturaleza, oficio y obligación, el Fondo de Prevención Vial, que considera que las carreteras de Colombia no están hechas para andar sino a 80 kilómetros por hora cuando las hay que tienen hasta cuatro carriles; nos cobran un ojo de la cara por usarlas y en las cuales siempre la vida nacional ha transcurrido a una velocidad superior, aun antes de que fueran intervenidas y 'modernizadas'.
Bien dice el senador en la sustentación: “¿Se justifica que un colombiano que paga 30, 50, 100 o más millones de pesos por un
automotor, elevado valor de los peajes que, según una información de El Tiempo, son más costosos que en los Estados Unidos, transite a 60 u 80 km/h porque una norma lo obliga a esos límites pero que en la práctica ilegalmente se ‘vuela’ esos topes?”
Es claro que el Fondo de Prevención Vial no puede decir algo diferente. No solo por su misión, espíritu y filosofía, que nos han servido de una manera descomunal e impecable con sus campañas y permanentes apoyos para la seguridad, sino también porque es una entidad privada financiada (por una disposición legal) por las aseguradoras para las cuales la siniestralidad es un rubro importante de detrimento en sus rendimientos financieros.
Quienes han protestado por la iniciativa, no parecen haber pensado un poco más a fondo sobre la misma. Porque en la práctica, lo único que vendría a hacer esa norma es legalizar la velocidad actual a la que se anda en Colombia pues los límites son tan ridículos y absurdos, como imposibles de cumplir. Decir que acá se anda a lo que dice el código es una mentira de a puño pues eso solo se cumple a la vista del radar y por el precio del comparendo, cuentas que también deben estar haciendo los recaudadores para hacerle oposición intestina a la futura ley.
Hemos escrito cientos de veces sobre ese punto. En Colombia debe haber ya más de 500 mil carros de última generación tecnológica y de seguridad, que en las carreteras del mundo entero andan en los límites decentes y técnicos que van entre los 120 y 150 kilómetros por hora. Acá, están sometidos caprichosamente
a rodar detrás de un camión torcido por el exceso de toneladas o de un carro viejo, que rasguñan el asfalto a 40 por hora. Eso sí, con todos los certificados de “navegabilidad y seguridad “al día. Y somos millones los conductores que, cuando encontramos por fin un pedazo de carretera sin la estúpida línea continua para salirnos de esa procesión bochornosa, nos topamos con la idiota hilera de conos de la policía que acaba de bloquear, ya no la necesidad de acelerar, sino el mínimo derecho de llegar a algún sitio en un tiempo decente. Los límites actuales no son para la velocidad sino también para la paciencia y el sentido común.
Es claro que las velocidades que ahora nos imponen no son una panacea para la accidentalidad. Hay muchísimos otros factores que alimentan esas estadísticas negativamente.
Lo que pasa es que acá, como no hay investigaciones ni tecnología para explorar las causas de los accidentes, solo hay dos causas genéricas de los mismos: exceso de velocidad o falla en los frenos.
Nadie averigua ni pregunta más allá de eso y todos nos comemos el cuento. Es innegable que si el país anda a 20 por hora se estrella menos o se pega más pasito.
Pero, si esa es la tesis, entonces aprendamos a vivir, viajar, transportar y movernos únicamente en caravana. No nos preocupemos de que los motociclistas aprendan a manejar antes de comprar la moto sino cuando ya estén fracturados. ¿Para qué revisiones si a esa velocidad no hay que frenar? ¿Para qué control de gases si el carro va rodado? ¿Para qué radares si el país sale a echar siesta a la autopista? ¿Para qué comparendos si la carretera será una humillada procesión de vehículos represados? ¿Por qué en las noches, cuando la policía no sale con sus radares (muchos de éstos no funcionan) y la gente anda a las velocidades normales que van por encima de los códigos, no hay centenares de accidentes adicionales?
Esta iniciativa debe aprobarse y de manera urgente porque los límites actuales son injustos, incorrectos, lejos de la realidad y se han prestado para una carnicería inmisericorde de las autoridades para llenar costosos comparendos que no castigan faltas de los conductores sino que premian la desubicación de las normas.
El senador Pinedo lleva tiempos dándole vueltas al tema y seguramente tendrá toda la argumentación suficiente para coronarlo. Pero más allá del asunto puntual de las velocidades, esta debe ser la oportunidad para que también se emprenda (por separado, porque si no empantanan lo que ha avanzado ya el proyecto de ley) la revisión profunda al flojísimo código de tránsito que tiene muchas partes obsoletas, otras mal concebidas y muchas más por definir, precisar y actualizar, pues fue escrito y
aprobado mirando en el retrovisor y no pensado en cómo es y será la movilidad.
Adelante, senador. Pongamos a caminar este país a la velocidad que se mueve el mundo.
Fecha: 29 de agosto de 2007
Revista Motor 451
Editorial 451 / Hay que subir los límites de velocidad en las carreteras nacionales
El senador Miguel Pinedo Vidal está sacando adelante un fundamental y lógico proyecto de ley para elevar los límites de velocidad en calles y carreteras del país. Por supuesto que, en la medida en que ha recibido un explicable y masivo apoyo nacional,
tampoco le han faltado reclamos de personas que consideran que esta medida va a promover la accidentalidad en el país.
Entre los críticos está, por naturaleza, oficio y obligación, el Fondo de Prevención Vial, que considera que las carreteras de Colombia no están hechas para andar sino a 80 kilómetros por hora cuando las hay que tienen hasta cuatro carriles; nos cobran un ojo de la cara por usarlas y en las cuales siempre la vida nacional ha transcurrido a una velocidad superior, aun antes de que fueran intervenidas y 'modernizadas'.
Bien dice el senador en la sustentación: “¿Se justifica que un colombiano que paga 30, 50, 100 o más millones de pesos por un
automotor, elevado valor de los peajes que, según una información de El Tiempo, son más costosos que en los Estados Unidos, transite a 60 u 80 km/h porque una norma lo obliga a esos límites pero que en la práctica ilegalmente se ‘vuela’ esos topes?”
Es claro que el Fondo de Prevención Vial no puede decir algo diferente. No solo por su misión, espíritu y filosofía, que nos han servido de una manera descomunal e impecable con sus campañas y permanentes apoyos para la seguridad, sino también porque es una entidad privada financiada (por una disposición legal) por las aseguradoras para las cuales la siniestralidad es un rubro importante de detrimento en sus rendimientos financieros.
Quienes han protestado por la iniciativa, no parecen haber pensado un poco más a fondo sobre la misma. Porque en la práctica, lo único que vendría a hacer esa norma es legalizar la velocidad actual a la que se anda en Colombia pues los límites son tan ridículos y absurdos, como imposibles de cumplir. Decir que acá se anda a lo que dice el código es una mentira de a puño pues eso solo se cumple a la vista del radar y por el precio del comparendo, cuentas que también deben estar haciendo los recaudadores para hacerle oposición intestina a la futura ley.
Hemos escrito cientos de veces sobre ese punto. En Colombia debe haber ya más de 500 mil carros de última generación tecnológica y de seguridad, que en las carreteras del mundo entero andan en los límites decentes y técnicos que van entre los 120 y 150 kilómetros por hora. Acá, están sometidos caprichosamente
a rodar detrás de un camión torcido por el exceso de toneladas o de un carro viejo, que rasguñan el asfalto a 40 por hora. Eso sí, con todos los certificados de “navegabilidad y seguridad “al día. Y somos millones los conductores que, cuando encontramos por fin un pedazo de carretera sin la estúpida línea continua para salirnos de esa procesión bochornosa, nos topamos con la idiota hilera de conos de la policía que acaba de bloquear, ya no la necesidad de acelerar, sino el mínimo derecho de llegar a algún sitio en un tiempo decente. Los límites actuales no son para la velocidad sino también para la paciencia y el sentido común.
Es claro que las velocidades que ahora nos imponen no son una panacea para la accidentalidad. Hay muchísimos otros factores que alimentan esas estadísticas negativamente.
Lo que pasa es que acá, como no hay investigaciones ni tecnología para explorar las causas de los accidentes, solo hay dos causas genéricas de los mismos: exceso de velocidad o falla en los frenos.
Nadie averigua ni pregunta más allá de eso y todos nos comemos el cuento. Es innegable que si el país anda a 20 por hora se estrella menos o se pega más pasito.
Pero, si esa es la tesis, entonces aprendamos a vivir, viajar, transportar y movernos únicamente en caravana. No nos preocupemos de que los motociclistas aprendan a manejar antes de comprar la moto sino cuando ya estén fracturados. ¿Para qué revisiones si a esa velocidad no hay que frenar? ¿Para qué control de gases si el carro va rodado? ¿Para qué radares si el país sale a echar siesta a la autopista? ¿Para qué comparendos si la carretera será una humillada procesión de vehículos represados? ¿Por qué en las noches, cuando la policía no sale con sus radares (muchos de éstos no funcionan) y la gente anda a las velocidades normales que van por encima de los códigos, no hay centenares de accidentes adicionales?
Esta iniciativa debe aprobarse y de manera urgente porque los límites actuales son injustos, incorrectos, lejos de la realidad y se han prestado para una carnicería inmisericorde de las autoridades para llenar costosos comparendos que no castigan faltas de los conductores sino que premian la desubicación de las normas.
El senador Pinedo lleva tiempos dándole vueltas al tema y seguramente tendrá toda la argumentación suficiente para coronarlo. Pero más allá del asunto puntual de las velocidades, esta debe ser la oportunidad para que también se emprenda (por separado, porque si no empantanan lo que ha avanzado ya el proyecto de ley) la revisión profunda al flojísimo código de tránsito que tiene muchas partes obsoletas, otras mal concebidas y muchas más por definir, precisar y actualizar, pues fue escrito y
aprobado mirando en el retrovisor y no pensado en cómo es y será la movilidad.
Adelante, senador. Pongamos a caminar este país a la velocidad que se mueve el mundo.