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FOCA ESCUÁLIDA
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La inmensidad del Caura
Fotos
EL NACIONAL - Domingo 22 de Mayo de 2011 La inmensidad del Caura Que todos se olviden del Orinoco, del Caroní, del Apure o del Meta. Que no se mencione ningún otro, al menos por cinco días: los necesarios para conocer ese río que nace en la frontera con Brasil, se adentra en el estado Bolívar y deja pruebas irrefutables de que la naturaleza es grande. Muy, muy grande ÁNGEL ZAMBRANO COBO RÍO CAURA, BOLÍVAR Dicen que han visto otros ríos. Otros muchos. El Danubio en Viena. El Tíber en Roma. El Sena en París, el Rin en Colón. También recuerdan el Tajo en Toledo, el Támesis en Oxford y el Volga en Astraján. Dicen que todos son históricos, enormes, fotogénicos, conocidísimos, espectaculares. Pero que nunca habían visto uno como el río Caura. Y con cada metro que avanza la curiara, los seis estonios se vuelven más y más fanáticos. Señalan, preguntan, casi gritan de pura emoción y vuelven a repetir que allá en Estonia, desde donde llegaron hace dos días, no hay nada que se le asemeje. No hay nada tan grande, tan jurásico, tan de cuando nació el mundo, tan Julio Verne. Nada ni remotamente parecido a esos 723 kilómetros de agua marrón rodeados de selva. Todavía no saben que es el tercer río más caudaloso de Venezuela *superado sólo por el Orinoco y el Caroní* ni han visto el enorme grupo de cataratas que divide al río en Alto y Bajo. Tampoco le han tomado fotos a las guacamayas, toninas o anacondas que andan por ahí, pero ya Indrek, Veronika, Karin, Rain, Merle y Marko declaran su asombro ante el recién descubierto Caura. Cuando lo conozcan todo, la cosa va a ser amor apasionado. Pero todavía falta para eso. Apenas ha pasado media hora desde que la curiara de acero salió de Maripa *pueblito orillero que queda a 240 kilómetros de Ciudad Bolívar* y no han sido los minutos más rápidos de la vida. La lógica dice que la fórmula más efectiva sería ir en línea recta por el medio del río con los 2 motores Yamaha de 80 caballos a toda máquina. Total, allí no hay sino agua. Pero la lancha ha cruzado, desacelerado, zigzagueado y vuelto a acelerar al menos 15 veces. Mientras los 6 estonios toman fotos como si fuesen japoneses y el guía Rafael explica que serán 2 días navegando contra corriente hasta llegar a las famosas cataratas, Irwin, el indígena yekwana que comanda la nave, esquiva y esquiva cientos de conos invisibles. Hasta que de pronto, se hacen visibles. Allí, en mero centro del río, hay una piedra del tamaño de una casa. Y otra y otra más. Rafael sonríe y dice que sí, que el capitán Irwin sabe su asunto, que se conoce de memoria "las burro `e piedras que hay debajo del agua". Porque los yekwanas *la etnia mayoritaria de la cuenca del río* nacieron en una curiara. "Así como nosotros aprendemos de chamines a montar bicicletas", dice Rafael, "ellos aprenden a remar por el río Caura. Son como los fenicios de acá". Y Darwin, el hermano de Irwin y guía local de la expedición, dice que eso es exactamente lo que significa yekwana: hombre de río. Entonces yekwanas también son los seis turistas del norte de Europa. Apenas se detiene la curiara para la primera parada de almuerzo, ya se están lanzando al Caura como si fuese su vecino mar Báltico. Y mientras nadan y chapotean, dicen que ese río no sólo quita el aliento con su belleza y hace ver a todas las postales del mundo como una foto cualquiera, sino que encima es de agua tibia. Porque allá en Estonia, dicen, todavía hay temperaturas bajo cero a pesar de que el calendario dice que ya es primavera. Por eso el río Caura, para ellos, es verano caliente. No importa la sugerencia de Rafael de siempre tener el poncho a la mano, no importan las nubes, no importa que el atardecer en el río sea engañosamente frío. Para los estonios sólo falta la canción del verano "Made in Ibiza". Y además el Caura es aventura. Porque ninguno de ellos había dormido en hamaca, ni tampoco pescado con sólo nylon, ni comido caña de azúcar recién picada por el machete. Nunca habían hablado con un indígena como el dueño del campamento Las Cocuizas, Julio Sosa, que les dijera que lo importante es habitar su tierra ancestral sin destruirla a punta de minería. Que el río Caura es parte de sus vidas desde que existen y que por eso deben conservarlo. Lo mismo que dice Germán, el capitán yekwana de Nichare. Allí viven 18 familias indígenas de la pesca, la siembra de piña, cambures, yuca, maíz, papaya y cacao, y la caza de dantas y lapas. Sin el río, dice el jefe de la tribu, no sería posible nada de eso. Todo hace que el cariño de los estonios siga creciendo. La vida que genera el río a su alrededor, las iniciativas de ecoturismo de algunos indígenas, el rechazo a la minería. Y, cómo no, la playa de arena en la que termina el Alto Caura. Se ve, al fondo, cómo bajan las aguas violentas que el salto Pará lanza hacia el cauce sin detenerse mientras los estonios no detienen su relax de atardecer La mañana siguiente. Ya la cosa no es estar sentados en una curiara o chapoteando en el río o tomando fotos del atardecer más despampanante. Nada de eso. Ahora toca una caminata de dos horas dentro de la selva con subidas y bajadas y resbalones para poder llegar hasta el salto ansiado. En el camino hay lajas de granito que ocuparían medio campo de fútbol. Merle pregunta a qué hora salen a comer los dinosaurios y los otros no podrían estar más de acuerdo. Es una escena perfecta de Parque Jurásico. Hay, también, diluvios tropicales. Todo el mundo empapado, caminando en fila india por una selva que, dicen, es mucho más auténtica que la que habían visitado en Puerto Rico. Sale Indrek con otro recuerdo de película: Rambo. Nunca había visto lluvia así sino en Rambo. Y van los seis resbalándose y echando broma y maravillándose con las flores, los árboles, las lianas que sólo habían visto en Tarzán. Le gritan a Rafael que si quería dinero se los hubiese dicho al principio: que no hacía falta secuestrar a seis turistas indefensos en una jungla tropical. Pura gozadera de selva. Hasta que aparece. Ahí terminan los chistes. Apenas se asoma el salto Pará, ya nadie tiene nada que decir. Sólo miran y, después de unos minutos de hipnosis, toman fotos. Y después de cientos de fotos, todavía no es hora de volver a la normalidad. Ya están todos perdidamente enamorados. Veronika mira el salto y dice que no. Que no importa la ropa que se ponga, el carro que maneje o el tipo de apartamento donde viva. Que lo importante es poder viajar para ver cosas como ésa. Y se voltea y apunta al río Caura en toda su inmensidad.
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Sicópata maracayero al acecho en el foro. Cuidado!!!!!!. Más información por pm |
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