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Arquitectura y discusiones urbanas Debate: Arquitectura y Urbanismo | Estadísticas | Proyectos y Trabajos



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Old September 30th, 2007, 04:43 AM   #1
thecarlost
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Literatura | Caracas en 1957, por Mariano Picón Salas.

Lectura complementaria, recreativa, pasatiempo, "no tengo nada que hacer", como puedan lograr llamarle, a mi me sirve para discernir de este pandemonium hecho ciudad. Vale la pena, en caso de alguna queja por lo del tl;dr

CARACAS EN 1957

La Nueva Caracas que comenzó a edificarse a partir de 1945 es hija –no sabemos todavía si amorosa o cruel- de las palas mecánicas. El llamado “movimiento de tierras” no sólo emparejaba niveles de nuevas calles, derribaba árboles en distantes urbanizaciones, sino parecía operar a fondo entre las colinas cruzadas de quebradas y barrancos que forman el estrecho valle natal de los caraqueños. Se aplanaban cerros; se les sometía a una especie de peluquería tecnológica para alisarlos y abrirles caminos; se perforaban túneles y pulverizaban muros para los ambiciosos ensanches. En estos años –de 1945 a 1957- los caraqueños sepultaron con los áticos de yeso y el papel de tapicería de sus antiguas casas todos los recuerdos de un pasado remoto o inmediato; enviaron al olvido las añoranzas simples o sentimentales de un viejo estilo de existencia que apenas había evolucionado, sin mudanza radical, desde el tiempo de nuestros padres. Se fue haciendo de la ciudad una especie de vasto –a veces caótico- resumen de las más varias ciudades del mundo; hay pedazos de Los Ángeles, de San Pablo, de Casablanca, de Johanesburgo, de Jakarta. Hay casas a lo Le Corbusier, a lo Niemayer, a lo Gino Ponti. Hay una especial, violenta y discutida policromía que reviste de los colores más cálidos los bloques de apartamentos. Se identifica la mano de obra y el estilo peculiar de cada grupo de inmigrantes en ciertos detalles ornamentales: los buenos artesonados de madera de que gustan los constructores vascos; ciertos frisos de ladrillos contrastando con el muro blanco como en las “masías” catalanas y levantinas; los coloreados y casi abusivos mármoles de los genoveses. Hay otros edificios que parecen, con sus bandas verticales pintarrajeadas, enormes acordeones. Nos dan ganas de ejecutar en ellos trozos de ópera o alegres tarantelas.

Hay dentro de la ciudad, pequeñas ciudades italianas como Los Chaguaramos y el novísimo barrio de La Carlota; hay calles que se “aportuguesaron” con sus pequeños hoteles, fondas y bodegas de lusitanos, y hay trozos muy yanquis con “supermercados” y bombas de gasolina que recuerdan a Houston, Texas; Denver, Colorado; Wichita, Kansas. El primer símbolo de esa transformación fue una inmensa bola de acero que se mostraba a los caraqueños, allá por 1946, y que en dos o tres enviones convertía en miserable polvo o suelta arcilla arquitecturas entonces tan celebradas como el “Pasaje Junín” o el “Hotel Majestic”. Los caraqueños iban a contemplar el extraño boxeo que libraba con los muros, como verían los romanos las proezas de un gladiador venido del Ponto o de Bitinia.

Nada más semejante a los monstruos de la mitología inicial de América –a los jaguares de enormes colmillos de las pirámides aztecas- que estas máquinas dentadas de la tecnología estadounidense que en pocos segundos devoran un pedazo de cerro y se ahitan de pedruscos y terrones y nos asustan en los caminos como si de pronto resucitara un plesiosauro. Han sido nota determinante del paisaje venezolano en los últimos años; quisieron modificar la obra de Dios, sirvieron a los inversionistas para crear nuevas barriadas, cavar las bases de construcciones gigantes, cruzar de blancas autopistas el contorno de la ciudad. Y el viejo monte Ávila, cimera tutelar del valle, antiguo bastión contra los piratas, bosque autóctono que aún recordaba los días de los indios, orquideario natural y productor de fresas, moras y duraznos silvestres, también fue invadido por la tecnología; se le surcó de cables para disparar un teleférico. Se ofrecen allí por cuatro bolívares crepúsculos y panoramas inauditos. Una fiesta comenzada en el valle puede continuarse, pocos minutos después, mil metros más arriba. Desde la eminencia del monte los ojos de los caraqueños se proyectan sobre los húmedos y floridos abismos de Galipán, sobre las innumeras quebradas del valle, y por la otra vertiente, hacia los promontorios y el rabioso mar azul de la costa de La Guaira y Macuto. En la cima de la montaña hay una pista de patinaje sobre hielo, y el Hotel Humboldt coronado de nubes, nos elevó desde el trópico caliente a una fresca y ventosa zona alpina.


Retrato de un caraqueño

Así como los pintores flamencos destacaban en el marco de una vidriera gótica, con los árboles del campo y los torreones medievales al fondo, la silueta de sus eclesiásticos, humanistas, príncipes o mercaderes, pudiéramos imaginar el retrato arquetípico de un caraqueño de hoy. Mientras escribo con la ventana abierta, mirando y oyendo los autos que pasan por la avenida incesantemente ruidosa, observo, también, en la calle lateral un inmenso montículo de tierra removida. Es alto mediodía y los obreros que trabajan en la construcción (predominan los italianos y portugueses) suspendieron un rato la tarea para tomar un pequeño refrigerio. Empinan las botellas de innocua pepsicola y muerden el largo panetón aviado con lonjas de cochino y de queso. Al fondo, también descansa la máquina dentada que durante toda la mañana engulló tierras y trituró pedruscos como si fueran avellanas. Tiene cara de tigre y gigantesca cola de dragón. La tierra excavada se amontona en un extremo, con la simetría de una pirámide egipcia. Las sombras del mediodía parecen abocetar el rostro de una esfinge invisible. Dentro de unos minutos habrá de reanudarse en todos los barrios de la ciudad el ruido de las palas mecánicas, la misma trituración o levitación de materiales. Nos cubrimos del polvo de las demoliciones; somos caballeros condecorados por el escombro, para que comience a levantarse –acaso más feliz- la Caracas del siglo XXI.

Y el retrato más peculiar de un caraqueño sería el del hombre que sentado en su mesa de ingeniero, contempla desde la ventana “funcional” el paisaje de estructuras arquitectónicas inconclusas que tiene de fondo el perfil de una “caterpillar”. Si el pintor que hiciera el retrato se inclinase al detallismo fantástico –a lo Brueghel el Viejo o a lo Jerónimo Bosch- habría que pintar, como en otras bandas panorámicas, las varias gentes que suben por las escaleras o están tocando a las oficinas. El caraqueño puede haber abrazado la lucrativa profesión de contratista, y allí llaman a la puerta obreros de pesados zapatos que desembarcaron apenas hace dos días del vapor portugués; maestros y capataces italianos, delineantes españoles o bachilleres verbosos que dicen tener psicología y elocuencia para las relaciones públicas. No faltará tampoco, un periodista colombiano o de las Islas Canarias que ofrezca, como otra mercancía, los adjetivos de un reportaje.

Y en extraña dualidad, en conflicto de valores y estilos, parece ahora moverse el alma del habitante de Caracas. Hace apenas dos o tres lustros se les educó al tradicional modo romántico suramericano, en que el mundo de las emociones contaba más que el mundo de los cálculos. La dimensión de la hombría la daba el coraje y la prodigalidad, la listeza y el ingenio; los éxitos en el amor y la popularidad con los amigos. Era un ideal estético –aunque no estuviera desprovisto de cinismo– en que el hombre más perfecto era el capaz de exponer la vida o derrochar el dinero; en que el mejor camino de la conducta no parecía el análisis prudente sino el impulso irracional de la “corazonada”. Y aupado en un dulce viento de cinismo o de simpatía, la vida se deslizaba sin mayor sorpresa en el fácil y pequeño universo de gentes conocidas. Muchos venezolanos reclamaban, en la hora de los repartos, que eran descendientes de próceres; que una prima suya casó con un ministro; que en su familia, a través de largas generaciones, todos tuvieron puestos públicos. Pero otro espíritu de mudanza y áspera aventura empezó a soplar en los últimos años. Ya era imposible reconocer en una sala de cine a los nuevos y bulliciosos espectadores, y como hormigueros diligentes salían de los sótanos, subían por los andamios de las estructuras arquitectónicas, compraban giros en los bancos, negociaban y vendían las más desconocidas gentes. Las escotillas de los barcos arrojaban en el terminal de La Guaria o en los muelles de Puerto Cabello millares de inmigrantes. Y el que fue hace diez años obrero, ahora puede ser propietario de una empresa de construcción. A los ricos por herencia, bonanza política o linaje, se opusieron los nuevos creadores de fortuna. Aun los venezolanos más privilegiados tenían que despertar de su antiguo ritmo sedentario y correr en esta nueva maratón de empresas y aventuras.

Quizás estemos ahora en un momento transitorio que pulirán los tiempos, ya que el dinero se ha trocado en el casi exclusivo valor social. E innumerables caraqueños toman su matinal café con leche leyendo el movimiento de acciones en la bolsa, los avisos de venta de terrenos, las urbanizaciones que se proyectan. Hay otros de fantasía más distante que apuestan a las hazañas económicas que se cumplirán en los bosques de Guayana cuando ya esté produciendo la Siderúrgica o se arremansen en gigantescas turbinas las caídas de agua del Caroní, o cuando en el húmedo valle de Morón, en tierras de Yaracuy, se yerga el vasto conjunto industrial de la Petroquímica. Y no hay que olvidar en el cardumen de negocios y rentas con que muchos quieren detener la muerte y asegurar el futuro, otras inversiones en distintos puntos estratégicos del territorio venezolano: Puerto La Cruz ha de ser el mayor puerto petrolero del Oriente; El Tigre se parece a aquellas ciudades–hongos que surgían en el siglo pasado en los Estados Unidos cuando se conquistaba la frontera y se marchaba en busca del oro de California; Punto Fijo, mero punto en el calcinado desierto de Paraguaná hasta hace dos lustros, hoy es centro bullicioso y pobladísimo; Puerto Ordaz, centro exportador del hierro, se fundó hace tres años; Acarigua y Barinas son pequeñas capitales de la madera y el algodón; Calabozo y otro pueblos llaneros resucitan con la represa del Guárico; Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay multiplican cada años sus cifras económicas y demográficas. ¿Ha de seguir aquí una civilización de tipo latinoamericano con nuestro amor por las formas estéticas, nuestro orden emocional, nuestra simpática “corazonada”, o habitaremos, más bien, en un aséptico y reglamentado mundo tecnócrata donde lo colectivo y abstracto predomina sobre lo personal e individualizado?

Hace diez años pensábamos que aquí, ineludiblemente, se prolongarían todos los estilos y formas económicas del Estado de Texas. Si el impacto norteamericano no iba a consumir nuestra pequeña civilización mestiza. Si no terminaríamos por ser demasiado sanos y demasiado optimistas. Si el viejo ideal de señorío y sosiego a la manera hispánica, “el sentimiento trágico de la vida”, no sería reemplazado por el dinamismo del ranchero o del millonario texano. O el individualismo criollo –para tener una norma colectiva– adoptaría la de los “clubs” de hombres de negocios de los Estados Unidos. Si domesticarían con agua helada, deportes, comidas sin especias, tiras cómicas y confort absoluto nuestro orgullo y casi nuestro menosprecio hispanocaribe; esa mezcla de senequismo español y de rudeza a lo Guaicaipuro que fuera tan frecuente en algunos viejos venezolanos. Quizás la inmigración europea –principalmente de Italia y de España– esté modificando aquel esquema y acentuará, más bien, -como en la Argentina-, una nueva latinidad.

El caraqueño que en el retrato imaginario miraba desde la ventana el cráter de las demoliciones, dejó de escribir o trazar líneas en su achurado papel topográfico; bajó por el ascensor y se detuvo en el pequeño café italiano a saborear un concentrado “expresso”. Le sirve una muchacha rubia que parece escapada de “La Primavera” de Botticelli. El consumidor pregunta:

-Lei è de Firenze, Signorina?
-De Prato – contesta la muchacha.


Y si el venezolano es culto, tiene frescos sus estudios de Liceo y hace poco viajó por Italia, acaso recuerda que Prato queda en la ruta de Bolonia a Florencia por la “direttissima”. Es ciudad industrial con un campanile de Giovanni Pisano y un Palazzo Pretorio donde se guardan madonas de Filippo Lippi y mayólicas de Giovanni della Robbia.

Y el gusto del café fuerte, la melodiosa voz de la muchacha y su semejanza con las musas y las madonas renacentistas, hace pensar al venezolano que se mantendrá en este país –con las audacias y aventuras tecnológicas que permita el siglo– una emocionada y conversadora civilización latina. Preferimos el encanto de esa muchacha al más prometedor plano topográfico. Nos conmueven más Botticelli y Filippo Lippi que aquel feroz ingeniero norteamericano que inventó el sistema Taylor.

Varios meridianos

El movimiento y color de la ciudad se reparte en varios meridianos. Hay todavía lo que queda de ciudad vieja en las calles adyacentes a la Plaza Bolívar. El límite de las dos Caracas se fijaba hasta hace pocos años en el añoso parque de la Misericordia, más allá del cual comenzaban las calzadas más amplias que se empezaron a edificar por 1930. Entre la Caracas tradicional y el “Country Club” o Los Palos Grandes –lejanas urbanizaciones en la década del 30 al 40– mediaban haciendas y trapiches, los bucares más rojos y los mijaos más corpulentos del valle. Ahora las Avenidas de Sabana Grande y la Miranda enlazan ya los extremos. Las tiendas más hermosas y los comercios más abastecidos se trasladaron hacia el Este. El prolongamiento oriental de la ciudad invade el Estado Miranda; se tragó los antiguos burgos mirandinos como Sábana Grande, Chacao y Petare, donde los caraqueños de hace apenas dos décadas iban a “temperar”; ocupa otros pueblos laterales como Baruta y El Hatillo y amenaza descender por las abruptas rampas que conducen a las tierras más cálidas de Guarenas y Guatire. Cuando las autopistas completen su tarea de circunvalación y enlace de los más varios niveles, tendremos una ciudad que en su diseminado conjunto urbanístico ha de ofrecer los más diversos climas. Los moradores de El Junquito y San Antonio de los Altos, los turistas del Hotel Humboldt encenderán en las tardes los leños de sus chimeneas y se vestirán de ropas invernales, mientras en la caliente Guarenas puede recomendarse en un día de agosto poner en movimiento los ventiladores eléctricos. Quizás ninguna otra ciudad del mundo ofrezca en tan pocos kilómetros semejante antología de temperaturas. “Caracas, capital de todos los climas”, es un sencillo y expresivo slogan que pudiéramos vender para sus próximos carteles a una agencia de turismo.

Quizá el mayor problema de la gran urbe en proceso, es la falta de un eje central desde donde se determine el nacimiento de las calles, la clara matemática de un buen ordenamiento urbanístico. Por eso, en el laberinto de las urbanizaciones, es la ciudad del mundo donde parece más difícil encontrar una dirección desconocida. Como a veces no basta el nombre de la calle, se da también el de la casa; pero hay más de dos “Avenidas Los Cedros”, varias “Acacias” y un millar de quintas puestas bajo la advocación de la “Virgen de Coromoto”. A veces un telegrama enviado del exterior resulta costosísimo, pues sólo la dirección del destinatario comprende varias frases: “barrio de El Paraíso, frente a la puerta de campo del Hipódromo Nacional”. En otras capitales de América, los moradores de los barrios periféricos van al “centro”, que puede ser la Avenida Madero, en México; la calle Florida, en Buenos Aires; el Girón de la Unión, en Lima; las calles Estado y Ahumada, en Santiago de Chile. Pero ¿cuál es el verdadero centro de Caracas? Hasta 1930 ó 1935, parecía la Plaza Bolívar, siguiendo el plano en damero de las ciudades coloniales. Después se pensó que iba a ser el Parque de los Caobos o aquella encantadora frontera entre lo viejo y lo nuevo, que fijaba la plaza de los Museos. En 1945, otro núcleo quiso establecerse en la plaza de “El Silencio”, desde donde partiría la Avenida Bolívar. Cinco años después había surgido un nuevo meridiano en la Plaza Venezuela, con las bonitas tiendas y comercios de la Gran Avenida. Quizá para 1960, el eje central imaginario habrá que correrlo hasta la Plaza de Altamira. Y, por el momento, Caracas es como una confederación de burgos y urbanizaciones, separadas por árboles, túneles, quebradas y colinas. Las pocas parroquias que mencionaba en su “Guía de Venezuela para el año 1904” don Nicolás Veloz Goiticoa, se multiplicaron en nuevos y desordenados conjuntos urbanos. Hasta 1925, los caraqueños nacían o morían en Catedral, Altagracia, San Juan, La Pastora, San José, Candelaria, Santa Rosalía, El Paraíso, y los más proletarios en un arrabal de la entonces pobrísima Catia o en un cerro como el Monte de Piedad. Treinta años después, Catia es la más congestionada área industrial de la metrópoli; las parroquias foráneas se unieron a las urbanas, y ni el caraqueño más avezado pudiera definir todos los lugares y toponímicos de la nuestra cambiante geografía administrativa. Ya pertenece al folklore de un pasado reciente aquello de que se vivía en La Pastora por su buen clima, propicio para las dolencias del pulmón; de las ventanas de la calle de Candelaria con sus castos idilios románticos; de la agresividad de San Juan, con sus valentones siempre dispuestos a una pelea a cabezazos; de la altísima burguesía de El Paraíso, con sus jardines y villas a la francesa, sus pequeños castillos de Amboise y las gentiles institutrices que enseñaban a la familia pasos de baile, modos de saludar y lenguas extranjeras. Toda una estratificada división de estilos, castas y fortunas comenzó a romperse y abigarrarse con el desarrollo económico y urbano después de 1936. Y como emancipándose de la tradición, otra Caracas se aleja y embellece hacia las faldas del Ávila, las colinas de Bello Monte y Las Mercedes o la Avenida Miranda, que cada día recuerda más a Los Ángeles, California.

Los trescientos mil vehículos de motor que según una estadística reciente circulan por el territorio venezolano, algún día del año parecen darse cita en Caracas y producen una marejada de ruido y combustible quemado, que quita a los peatones el higiénico deseo de las caminatas. El caraqueño es hombre motorizado, y la misma dispersión de las cosas en los más opuestos barrios, anula el gusto de andar a pie. No hay, como en otras capitales de América, que conservaron dentro de su desarrollo moderno parte de la estructura colonial, portales de plateros y botoneros, de mercaderes y escribanos. No hay calles exclusivas para cafés, teatros y platerías, como en México o en Lima. Un comercio abigarrado prolifera en todas las zonas, y junto a un garage puede colocarse una pastelería vienesa. A veces el acierto de un arquitecto que planificó los edificios de una calle, logra que florezca un conjunto de cierta gracia y armonía urbanística, y descubrimos de pronto que la Avenida Wollmer se puso muy bonita con sus cuidados árboles, las terrazas de sus hoteles y restaurantes, el espléndido edificio de “La Electricidad de Caracas” y los pequeños cafés y pastelerías. O vagamos por las tiendecillas, librerías, peluquerías, logradas con tan sobria y clara gracia en el gran bloque del Edificio Galipán. O un amigo nos hace subir por casi medrosa rampa a la modernísima casa que se edificó en Bello Monte o Alta Florida, desde donde el valle luce condecorado de autopistas, de mazos de verdor, de hormigueros de automóviles, de collares de luces. “Caracas allí está”, pero no como en la paz casi agraria y añorante de la vieja elegía de Pérez Bonalde, sino como la más desvelada, quizá la más demoníaca ciudad del Caribe.

Personas y lugares

Salgamos a pasear y detengámonos en algunos sitios de la ciudad, que reflejan su ritmo y alma presente. Si consultásemos una guía turística o formásemos parte de aquel cortejo itinerante que desembarca cada miércoles, haciendo su “crucero” por el Caribe en los vapores de la Compañía Grace, el cicerone bilingüe nos ofrecería un programa demasiado conocido. Nos llevaría, por ejemplo, a la Casa del Libertador, al salón Elíptico del Palacio Federal, al Panteón, a los Museos, y, por último, a refrescarnos el gaznate en la Terraza del Hotel Tamanaco, frente a las sensuales bañistas que flotan y bracean en una piscina extremadamente azul. Pero la Catedral, el Panteón, la Casa de Bolívar, pertenecen a la inalterable historia de Caracas, y tiempos y personas pasan por ellas sin cambiarlas sensiblemente. Son como el último y más tenso hilo de Historia que une a las nuevas y viejas generaciones. El patio de los granados con su pequeña alberca; la neoclásica y severa tumba del Libertador, cuyo buen gusto se salva frente a otros monumentos heroicos que se irguieron después, son sitios que invitan a la meditación y nos transportan a otras zonas de la conciencia. Y el caraqueño de estos días casi no tiene ganas de meditar o prefiere dispararse con la luz de cada mañana a donde le esperan un torrente de negocios, transacciones y aventuras. Un paseo tan añosamente caraqueño como El Calvario, casi no es concurrido por los venezolanos, y sirve, en cambio, para que conozcan la flora tropical y cobijen sus primeros romances amorosos los inmigrantes recién llegados. Si acaso, sube hasta allí, a repasar sus tablas de logaritmos un estudiante de Matemáticas cuando llega la temporada de exámenes. Los caraqueños se han hecho excesivamente cómodos, y cuando se les invita a una excursión urbana, inquieren primero si encontraran sitio para estacionar el automóvil. Prefieren al paseo despacioso que saborea todos los detalles, la marcha frenética por las autopistas. Y ya los carruajes girarán por una inmensa cinta blanca, sin detenerse en ningún sitio. Otra generación ha de nacer que utilice sus piernas y se entregue al gratuito deleite de descubrir y gustar cosas a medida que las acendra la mirada. Crepúsculos, auroras, noches de luna, se prefieren ahora velocísimas, sin que interfieran con alucinaciones y con sueños el tránsito cabal de las carreteras.

Debemos ver, pues, otra Caracas que gesticula, negocia o actúa. Entrar, por ejemplo, a mediodía, en los bares y comedores del Hotel Tamanaco. Con su arquitectura de pirámide azteca, no sólo es espléndida balconería de la ciudad, sino animado foro de relaciones públicas. Concurrido de inversionistas de todas partes; de magnates del hierro y del aceite, la dinamita y el rayón, de banqueros y estrellas de cine y aún de solicitantes de amistades útiles, el vitaminado lunch del “Tamanaco” crea lo que en la jerga mercantil se llaman los “contactos”. Es antesala de empresas y negocios. Después de un martini en el bar o un refrescante “whisky and soda”, la ensalada tropical, acompañada de camarones frescos, permite el buen trato humano sin alterar la digestión. El ingeniero puede demostrar allí al capitalista –sin que parezca inelegante- el croquis somero de una urbanización; el abogado, el proyecto de una compañía anónima. Se puede telefonear a New York sin que se interrumpa el almuerzo. Y en las aulas de conferencias se reúnen los directorios de compañías y asambleas de accionistas o se dan cursos que enseñen el difícil arte de vender y de negociar, de contratar seguros, combatir la timidez y salir por el mundo como alígero halcón en busca de su presa económica. Ese “Tamanaco”, tan mercantil del mediodía, es diferente ya del de la noche, que congrega, en las pistas de baile o en los saloncillos más penumbrosos, la más granada y alegre juventud. Para el extranjero ambicioso que viene a Venezuela y puede afrontar los gastos de las primeras semanas, el “Tamanaco” es una necesaria batalla social. Desde allí se inicia la red de las relaciones, y cuando se tiene cálculo y estrategia, puede ser el anchuroso vestíbulo de la fortuna. Para quienes saben descubrirlo y conocen las palabras mágicas, Aladino va, a veces, por las calles de Caracas con su lámpara de milagro que ofrece concesiones mineras, terrenos por urbanizarse, empresas por crear.

La plaza Bolívar es punto de encuentros rápidos para los inmigrantes que no podían llegar a hoteles costosos, y salieron con sus gruesos zapatos de obreros y labriegos, sus chaquetones de pana, después de comer la “fabada” de la fonda portuguesa, a tomar también contacto con el ruido y la luz del extraño valle. Andan todavía desconcertados ante el excesivo brillo del sol y la coloración de los árboles. En grupos atraviesan las calles de la vieja ciudad, tropezando y agazapándose frente a los andamios de los edificios en construcción. Pero, por fin, llegan al pie de la patinada estatua donde el caballo del héroe se encabrita para saltar quién sabe qué abismo. Un Bolívar demasiado teatral y barroco al gusto grandilocuente de la época guzmancista; venerable reliquia de 1874. Hay allí un diálogo babélico de todas las lenguas; el Libertador parece proteger la inmigración, y diríase que a él se encomiendan como a un nuevo San Jenaro, las gentes que buscan trabajo. Acude un contramaestre que solicita albañiles para una empresa de construcción, o se leen, casi en comunidad, las largas columnas de avisos económicos con oferta de empleos. Hay entre los inmigrantes –y esto sí resulta trágico- uno que fue profesor de Latín y lenguas clásicas en la venerable Universidad de Cracovia, o un actor cómico de la Ópera de Budapest. ¿Dónde colocarlos? A veces terminan de vendedores en un puesto de gasolina o de “contables” en una casa de abastos. O emprenderán desde Caracas un camino de azar que puede concluir, ejerciendo los oficios y profesiones más varios, en Acarigua, Estado Portuguesa, o en San Fernando, Estado Apure.

Era la Plaza, antiguo Agora de conversación venezolana. Los viejecillos que no tenían para pagar las cuotas de un club, acudían a la caída de la tarde a establecer sus anacrónicas tertulias que parecían traídas y extraídas de las boticas provincianas, en el tiempo de las sillas de suela y los faroles de gas. Se evocaba allí una Venezuela de fines del siglo pasado o de comienzos del presente con sus revoluciones y guerras civiles, sus cuentos de caudillos, sus lances difíciles o inverosímiles. O se hablaba con la mayor erudición heráldica de las familias de Zaraza, de Trujillo o de Mérida. Se contaban chistes políticos que ya habían aparecido en las crónicas costumbristas de 1895 o en las caricaturas de “El grito del pueblo”, en 1909. Era la historia de una Venezuela de pocas personas que se conocían, por lo menos de vista o referencia, y repasaban sus recuerdos como quien hojea un álbum de retratos. Con sus bastones de vera, sus trajes de dril o de alpaca, sus desusados relojes y leopoldinas, eran estos viejecitos los últimos depositarios de la tradición más coloreada y cuentera. Las biblias de su añejo sabor autóctono eran la Historia Contemporánea de González Guinan o la Gran Recopilación de Landaeta Rosales. Pero la oleada inmigratoria comienza a correrlos de la plaza, y ahora, cuando logran encontrarse e improvisar un pequeño corrillo, denigran de esas gentes nuevas que ya nadie conoce y que, según su primario nacionalismo emocional, les arrebatan el derecho al sol, a la sombra de los árboles, a sus intraducibles anécdotas.

-¿Qué va a ser de este país? – preguntan nostálgicamente.

Pero en la emulsión y trituración de sangres y corrientes culturales que vienen a sumarse a nuestro tricolor mestizo, nadie podría aventurar la profética respuesta.

Sigue el paseo

El paseo por Caracas, buscando lugares y gentes significativas del nuevo estilo de existencia, nos llevaría muy lejos y a caso no requiera el lápiz enunciador de un cronista, sino una fantasía diabólica y descubridora como la de Balzac. Habría que revisar sitios tan contrarios como las casas y los salones elegantes y las oficinas de Policía, donde identifican a una banda de ladrones de automóviles que cambiaba las placas de los vehículos usurpados y los iba a vender de contrabando a la República de Colombia. O el retrato del falso conde europeo que vendía condecoraciones imaginarias a los coleccionistas de títulos y medallas. O la muchacha húngara y francesa, que para que fuéramos perfectamente civilizados, fundó una “cava” existencialista con chicas voluntariamente desgreñadas, músicos y cantantes de sexo indeciso, en un tranquilo barrio rural. O el italiano que vive en una covacha, pero que firma escrituras en el Registro por más de cuatro millones. O los transeúntes que a la media noche del sábado se acumulan en los “Sellados del 5 y 6” a adelantar su conjuro hípico para las carreras del domingo. O la historia inaudita, que empapa los periódicos del lunes, del que acertó a las patas de los caballos y con un cuadro de ocho bolívares obtuvo ochocientos mil, y los reporteros le preguntan qué piensa hacer en su nueva profesión de millonario. Y entre tantos éxitos, el suicidio del inmigrante inadaptado, que trajo de la guerra o de su antiguo campo de concentración un trauma irremediable. Gentes, rostros, problemas para que los analicen sociólogos, economistas y psiquiatras.

Junto a los ricos y aventureros, las multitudes más pacíficas y estoicas que pueblan los autobuses o habitan los grandes bloques de apartamentos en los cerros. El pueblo matinal que madruga y la sociedad próspera que sale en la madrugada de las fiestas opulentas. La igualitaria democracia que se aglomera, después de la media noche, en las ventas de tostadas y criollísimas “arepas”, donde nuestro viejo pan cumanagoto, adobado con queso y chicharrón, acerca en su fragancia conciliadora a todas las clases: al caballero de “smoking” que viene del baile, y al conductor de camiones y gandolas, que parte a las lejanas carreteras.

La abundancia de divisas trae, no sólo un cosmopolitismo humano, sino otro de productos y prodigalidad. Las tiendas de Caracas, con frecuencia empachadas de mercancía, son como anticipo y prefiguración de las exposiciones universales. Made in Germany, Made in Italy, Made in Japan, y alguna vez “Hecho en Venezuela”. Se puede comprar en la misma tienda una porcelana de Sajonia y un biombo japonés. Frente a comercios muy feos, que aún recuerdan la decoración del extinto pasaje Ramella en los días del 1900, hay tiendecillas que pudieran estar en Paris, Viena o Florencia. Los modistos franceses exhiben los modelos más caros. Aunque haya calor, se puede vender armiños y martas cibelinas. Hay también el cosmopolitismo del olfato y del gusto. Los vidriados y niquelados “Super-Market” a la norteamericana, contienen la más varia antología del sabor. Se consumen por igual sardinas de Margarita y esturiones del Mar Negro. Los alimentos yanquis ofrecen su infantil y entretenida manipulación mágica. Se echa un poco de agua o de leche y se pone al horno el polvillo que contenía el sobre, y dentro de pocos minutos veremos cómo se esponja –sin perder su olor de química y farmacia- un pastel de limón o de chocolate. Hay abundantes e inverosímiles juguetes de niños para escape de nuestra curiosidad o nuestro derroche, para ocupación de almas vacías.

Naturalmente que dentro del inmenso prisma de apariencia que es la vida caraqueña de 1957; de la luz de neón que nos inunda de anuncios comerciales, de la invitación a un perenne viaje por islas encantadas con palmeras de oro y danzantes cubiertas de flores, a que nos conminan las agencias de viajes; de las esmeraldas y diamantes de las joyerías, de los automóviles de todas las marcas que corren como galgos de lujo por las autopistas, hay también un mundo de más desgarrada realidad, de inalterable esencia. Todavía los caraqueños conocen el amor y la muerte, la angustia de vivir y la zozobra de comprender. Una droga que se ha generalizado en ciudad tan presurosa y que se llama “ecuanil” no logra calmar del todo la cavilación de las gentes.

Con equiparables choques; con los misterios de un subconsciente colectivo, que aún no asciende a la comarca clara de la percepción, se está todavía formando el espíritu de esta ciudad de Caracas, que, a pesar de sus cuatro siglos de fundada, nunca lució tan terriblemente adolescente. Sigue creciendo y edificándose sin tregua; en el día y en la noche, en las horas de vigilia y en las horas de sueño. La amamos y también nos querellamos con ella, porque resume en su dinamismo y perplejidad la esencia de una patria en ebullición, que todavía gira sobre el futuro. El monte Ávila se recuesta en la ciudad con la turgencia de un pecho amoroso o fija sobre el valle, cambiante y agitado, su cimera de eterno granito. Hermosearla a la escala del servicio y el amor humano; pulir su alma para la solidaridad, la justicia y la belleza, debe ser su prospecto moral que se concilie, con el plan técnico de los ingenieros. Sólo el espíritu habrá de salvarla de la excesiva tensión de la aventura y aún de las demasías del dinero.

Mariano Picón Salas.
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Old September 30th, 2007, 04:57 AM   #2
ch'i
Déjalo fluir
 
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Interesante artículo. Vale la pena leerlo completamente. A pesar del tiempo y el deterioro actual, Caracas no ha perdido su esencia.
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ch'i no está en línea   Reply With Quote
Old September 30th, 2007, 08:01 AM   #3
La Repuvlica
Porn actor.
 
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wow! wow! wow!

Tu no sabes CUANTO me sirve esta informacion. Muchas gracias Carlos!, Muchisiiiiiisimas!
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Old September 30th, 2007, 08:52 PM   #4
Marc05
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Que interesante articulo.

Creo que hasta ahora cosas como esta se mantienen:

Direccion: "barrio de El Paraíso, frente a la puerta de campo del Hipódromo Nacional"
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Old September 30th, 2007, 11:08 PM   #5
ch'i
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300.000 vehículos en 1957, en todo el país. Alguien sabe de cuánto es el parque automotor de Caracas y Venezuela en este momento?
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Old September 30th, 2007, 11:12 PM   #6
thecarlost
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Segun datos del INTT, Caracas es el garage de un poco más de 1,100,000 vehiculos. Cifras del 2007.

La mejor parte, la infraestructura vial es la misma con la que se contaba hace 40 años. Te hablo del 'embudo' diario.
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Old September 30th, 2007, 11:20 PM   #7
ch'i
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Yo creo que más. Y si contamos toda la Gran Caracas? Más de 2 millones?
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Old September 30th, 2007, 11:39 PM   #8
Marc05
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Y este año entraran unos 400.000 mas, no es asi?
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Old October 1st, 2007, 11:08 PM   #9
ANDRÜ
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Varios meridianos

...Las tiendas más hermosas y los comercios más abastecidos se trasladaron hacia el Este. El prolongamiento oriental de la ciudad invade el Estado Miranda; se tragó los antiguos burgos mirandinos como Sábana Grande, Chacao y Petare, donde los caraqueños de hace apenas dos décadas iban a “temperar”;
Debe ser un error, ¿verdad?... No me imagino "Sábana Grande", en lugar de "Sabana Grande"

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Originally Posted by thecarlost View Post

Hay otros de fantasía más distante que apuestan a las hazañas económicas que se cumplirán en los bosques de Guayana cuando ya esté produciendo la Siderúrgica o se arremansen en gigantescas turbinas las caídas de agua del Caroní, o cuando en el húmedo valle de Morón, en tierras de Yaracuy, se yerga el vasto conjunto industrial de la Petroquímica. Y no hay que olvidar en el cardumen de negocios y rentas con que muchos quieren detener la muerte y asegurar el futuro, otras inversiones en distintos puntos estratégicos del territorio venezolano: Puerto La Cruz ha de ser el mayor puerto petrolero del Oriente; El Tigre se parece a aquellas ciudades–hongos que surgían en el siglo pasado en los Estados Unidos cuando se conquistaba la frontera y se marchaba en busca del oro de California; Punto Fijo, mero punto en el calcinado desierto de Paraguaná hasta hace dos lustros, hoy es centro bullicioso y pobladísimo; Puerto Ordaz, centro exportador del hierro, se fundó hace tres años; Acarigua y Barinas son pequeñas capitales de la madera y el algodón; Calabozo y otro pueblos llaneros resucitan con la represa del Guárico; Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay multiplican cada años sus cifras económicas y demográficas.
Pues casi todas esas "fantasías distantes" se hicieron realidad.

Buen texto carroperdido!!!
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